En el debate suscitado por las recientes nominaciones al Senado de la República, anunciados por dos de las tres coaliciones que tendremos oportunidad de valorar en el próximo proceso electoral (por cierto el más grande en nuestra historia), hemos pasado por alto un hecho mismo de lo más trascendente, tratándose de esta Cámara del Congreso de la Unión ¿qué hacen en el seno de un órgano representativo del pacto federal Senadores que, en lugar de representar a una entidad federativa, representan a una expresión política? Sin hacer mucha historia, tendremos que decir que en la reforma de 1996 se creó, a semejanza de los Diputados de Representación Proporcional, una lista de Senadores por el mismo principio, eliminando así el cuarto senador por Estado, para dar cabida a 32 escaños, que representarían a los partidos políticos. Ello vino a dar al traste a distintas posiciones de destacados juristas que siempre se opusieron a tal despropósito, pues evidentemente se vició el origen y razón misma de dicho cuerpo político.

El Senado mexicano, nacido a imagen del de su par en Estados Unidos, tiene como origen mismo, como decíamos anteriormente, representar al Pacto Federal, tratándose nuestro sistema político de una federación, por lo que la idea de la que se parte en principio de que aquí se equilibrarán la fuerza de los Estados, independientemente de su población, tamaño o poder, no siéndolo así en la Cámara de los Diputados, por lo que solo se entiende la existencia de un Senado, en equilibrio de la otra Cámara, no en similitud de integración, pues no obedecen a la misma naturaleza histórica.

Por ello mismo es difícil entender a qué Estado representa Napoleón Gómez  (¿Canadá y sus mineras ya cuentan como entidad federativa?) o qué hace Miguel Ángel Mancera propuesto por los panistas de Chiapas en su lista de representación proporcional, siendo Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, postulado por el PRD.

Para hablar de la importancia histórico-política de esta Cámara, recurro a uno de nuestros más grandes pensadores en la etapa de la formación del Estado-Nación mexicano, Mariano Otero, quien decía en su voto particular del 5 de abril de 1847 que el Senado debía ser “cuerpo de sabiduría y de prudencia, que modere el espíritu de la democracia irreflexiva”.

Al calor de la reflexión sobre el punto, me permito abusar del espacio para hacer una (inútil) propuesta: atendiendo a la historia de la figura del Senado y a la propia de nuestro país, que se cambien la forma en que se integra éste, de tal forma que quede como sigue: que se elijan en elección presidencial, dos senadores por Estado, pero no en fórmula, sino por separado, y que cada Partido Político o expresión (caben ya los independientes), presenten solo una candidatura para Senador propietario, quedando así el primer y segundo lugares que obtengan mayor votación, de tal forma que no se descarte a la primera minoría y con ello la pluralidad misma que debiera permanecer representada en la llamada Cámara Alta del Congreso de la Unión. Así mismo que se elija un tercer Senador en la elección intermedia, en la que se renovaría ya no solo en su totalidad la Cámara de Diputados, sino también un tercio de la Cámara de Senadores, quedando conformada esta por 64 Senadores por el principio de Mayoría relativa, elegidos en dos tiempos, y 32 por el principio de primera minoría, electos en un solo tiempo, cada seis años. Así evitaríamos lo que Burgoa Orihuela llamó la “inconstitucional imposición” al elector de votar a dos personas al mismo tiempo, con las actuales fórmulas para el Senado por Estado, cada seis años, y a su vez, respetaríamos la ansiada e irrenunciable pluralidad en la representación del Pacto Federal.

Finalmente, derivado de las expresiones mismas de la necesidad de capacidad, experiencia y prudencia de la que deberían gozar los Senadores, es de proponerse que los Candidatos que presenten los partidos políticos para esta representación popular, pasen por un filtro de examen de conocimiento jurídico-político, casos prácticos, deliberación e instituciones, que podría ser aplicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Nacional Electoral y la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en examen público, sin que por ningún motivo se permita la participación en candidatura alguna a quién no lo haya acreditado.  Sí le parece mucho, remítase a la propuesta que hacía el propio Otero: Para ser Senador se necesita la edad de treinta años, tener las otras calidades que se requieren para ser diputado, y además haber sido Presidente o Vicepresidente constitucional de la República; o por más de seis meses Secretario del despacho, o gobernador de Estado; o individuo de las Cámaras; o por dos veces de una Legislatura; o por más de cinco años enviado diplomático; o ministro de la Suprema Corte de Justicia; o por seis años juez o magistrado.

 

@CarlosETorres_

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