En mi tesis de licenciatura escribí: “La elección de 2006, queda registrada como una de las crisis más complejas para la reciente consolidación democrática, sin que por ello podamos hablar de una interrupción como lo ha señalado Encinas Nájera, por dos motivos principales: El propio sistema presidencialista tiene la característica esencial de tener como piedra angular del sistema político a la figura de quién encabece el Poder Ejecutivo, único que es depositado en una sola persona y cuyas facultades, aunque cada día más restringidas y acotadas, siguen siendo de suma importancia, trascendencia e influencia en el resto de la estructura estatal, sin embargo, dichas características no pueden atribuirse como un vicio de la democracia, sino como una imperfección que, en la forma misma de gobierno que hemos adoptado, será casi imposible salvar, más aún con la estudiada admiración y proclividad del mexicano a la figura presidencial, a la que se le atribuyen poderes meta-institucionales, culpas insufribles y facultades inexistentes hoy en día.

El hecho de que la propuesta hecha por la izquierda en México no haya logrado consolidarse de tal forma que alcance la Presidencia de la República no menoscaba la realidad democrática del país; dicha opción se ha ubicado, en la etapa post-alternancia, en el segundo lugar de las preferencias electorales para tal elección, misma posición que se ha encargado también de perder para la elección intermedia inmediata siguiente. Los vicios que aquejaron a la izquierda antes del 88, retornaron con sus habituales daños: canibalismo político, caudillismo, la dominación de una propuesta pre-moderna y la falta de consensos internos que permitan al elector confiar en una opción que se auto-flagela. Incluso, quiénes han estudiado con rigor la elección de 2006 y se pronuncian por un fraude (indemostrable), han coincidido en los errores y soberbia que la figura mesiánica de su principal figura cometió a raíz de una victoria auto-asegurada. Ello en contra argumento al libro 2006: la transición interrumpida, de Alejandro Encinas Nájera, que tuve el gusto de presentar en Zacatecas, junto al Director de este medio, Raymundo Cárdenas Vargas y el intelectual Gustavo Gordillo, en 2012.

Lo anterior ha venido a colación por un artículo que recientemente publicó en El País, Héctor Aguilar Camín titulado: México saltando al pasado, en el que desoye e ignora las despreocupaciones de un amplio sector de la sociedad mexicana sobre un eventual triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Tampoco coincido en la exageración de mi argumento inicial de este artículo: tan como la transición mexicana no culmina ni se expresa en el triunfo de un proyecto de izquierda en México, como tampoco la agota, la interrumpe o la trasgrede.

Este no es un texto que celebre la posibilidad de que López Obrador se convierta en Presidente, creo por el contrario que hay que ajustar su demagogia a la realidad institucional actual en México: exagera las posibilidades de su eventual poder, y como escribí hace algunas semanas aquí mismo, no sabe que ser Presidente, ya no es lo mismo que antes. AMLO se considera sí, un Presidente de la etapa hegemónica, pero es así por su constante desprecio a las instituciones mexicanas del siglo XXI, porque en su desafecto a la modernización del Estado mexicano, ha obviado estudiarlas y porque, entiende muy poco sobre el Estado Democrático Constitucional en el que hoy se explica nuestro sistema político, en su esfera jurídica-institucional.

López Obrador se toparía con una realidad que desconoce: la de la pluralidad, limitación de poderes, instrumentos jurídicos, institucionales y constitucionales, que le impedirán hacer que su voluntad se convierta en ley, y menos aún en actos de autoridad consumados, sin más que una burda explicación sobre su calidad moral.

En este sentido, tanto Aguilar Camín, como López Obrador exageran las consecuencias de un posible triunfo de éste: ni podrá ser tan poderoso como el primero teme, ni podrá desarrollar la demagogia a la que el segundo aspira. Si acaso logra ganar el candidato de Morena, la transición mexicana no habrá culminado, quizá haya que forzarla más, mantenerla y confrontar a un seguro opositor a ella que dice ser su abanderado, pero tampoco, no sí no lo permitimos, se interrumpirá. ■

@CarlosETorres_
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