Tristemente, no es una novedad expresar que vivimos en una crisis ética, por el contrario, se ha vuelto en un lugar común, del que, también lamentablemente, no salimos, al contrario, por todas partes pareciera existir una convicción por confirmar dicho fenómeno y no permitir que haya lugar a dudas sobre él. 

Los tiempos de competencia electoral no hacen sino dimensionar este conflicto en el pragmatismo que los distintos actores políticos van colocando sobre la agenda pública.

Este fin de semana acudimos a una de esas extrañas confirmaciones colegiadas de decisiones unilaterales, con apenas unas cuántas voces discordantes y un cúmulo de aplausos fáciles, en torno a las listas que dos, de las tres grandes coaliciones electorales, nos presentaron para el Senado de la República, órgano representativo del pacto federal, una de nuestras instituciones con más historia, convicción y lucha en nuestra historia política.

No es nuevo tampoco que caras que no son solo polémicas, sino que parecieran contradecir el discurso público de las instituciones políticas, estén en primera fila en el concierto del acomodo parlamentario.

Lo que sí parece haber sucedido es la pérdida absoluta de la más mínima intención siquiera de simular decencia pública. No es que el pragmatismo visto pueda ser objetivo de juicio moral, es que aún para efectos prácticos nuestra clase política está renunciando a todo ejercicio de autocrítica y se ha decidido a perder toda la legitimidad posible.

Frente a un sistema que parece no dar resultados en las preocupaciones más sentidas de la sociedad, las ofertas parecen agotadas en la lógica de imponerse bajo cualquier práctica que lo permita.

Los medios en plena deslegitimación del fin. En otras ocasiones he escrito aquí mismo sobre la urgente necesidad de un Código de Ética para el votante, en el que nos pongamos de acuerdo sobre que márgenes pueden actuar los partidos políticos, sus dirigentes y sus candidatos. 

Más allá de sugerir recetas morales para la lucha por el poder, nos urge ponerles reglas claras de un mínimo de decencia, pues en nuestra actual oferta democrática, no permite el ideal aquél de elegir entre una oferta que deseamos castigar y otra que deseamos premiar por sus conductas diferenciables, al contrario: castigar a unos por la falta de compromiso ético, nos pondría en el riesgo de premiar a otra opción por la misma conducta.

La actividad política es, de por sí, compleja en el tema ético. Pocas veces se presenta la oportunidad de tomar una buena decisión y casi siempre las variables están en apenas la posibilidad de hacer un control de daños, manejar una crisis o tomar la decisión que menos afecte a los objetivos del Estado en ese momento.

Quizá la palabra clave es ésta: Estado. Nuestros representantes han perdido la visión de Estado. Al pensar en esta participación editorial, imaginé el uso de conceptos filosóficos o de expertos en la materia, como Mauricio Merino, Oscar Diego Bautista o incluso Savater, pero lo que hoy necesitamos es volver a nuestros propios ejemplos de políticos dignos, decentes y estadistas. 

Vinieron a mi mente varios de cuya trayectoria las páginas de la historia pueden hacer gala: Don Jesús Reyes Heroles, Heberto Castillo, Gómez Morín, Rincón Gallardo, Clouthier y Salvador Nava ¿Cómo es que desde distintas trincheras reformaron al Estado para volverlo democrático más allá de la retórica? ¿Alguien recuerda aquél acercamiento de Don Heberto Castillo a Don Luis H. Álvarez en su huelga de hambre? ¿Alguien a Clouthier exigiendo de la mano de Cárdenas transparencia en la elección de 1988? ¿Alguien recuerda la dignidad innegable, férrea y profundamente liberal de Reyes Heroles?

Cambiaron el régimen sin cambiar de principios o negarse a sí mismos. Sin ser filósofo, ni experto, sino solo un ciudadano más indignado ya de la falta de respeto que día con día nos hacen quiénes se vuelven abogados del diablo sin más razón que la ambición legítima, me permito concluir: en política, pareciera casi imposible hablar de ética, pues solemos confundirla con la moral. Pienso que la ética de la política es la razón de Estado, la visión de futuro, la decencia, dignidad, integridad y sensatez para lograr ganar la lucha por el poder, sin perder la vergüenza.

@CarlosETorres_

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